ralladas, soez

Me da en la nariz

Éste es el relato soez de una experiencia personal. No me hago responsable de lo que, a partir de aquí, te venga a la cabeza cada vez que veas un restaurante de comida rápida.

El caso es que bajé, como cualquier otro día y por lo que fuese, a la calle. A unos cuarenta metros en la misma acera hay un Burger King, seguido de un Sofra en la esquina, frente a un KFC.

De pronto, me sobreviene cierto aroma a hamburguesa transgénica. No me desagrada: está diseñado para crear adicción. Pero esta ilusión no dura mucho, y me descubro entre olor a fosa séptica. A fosa séptica profunda y malholiente, aclaro.

Aunque, uy, huele a Burger King otra vez. Y vuelve el olor a manga pastelera intestinal y… otra vez, me vuelve el olor a hamburguesa. “Esto es muy extraño”, pienso.

Conforme cruzo la calle, descubro que un camión de limpieza séptica y desatascamientos tiene su manguera tendida hasta un portal que se encuentra entre los dos locales que tiene el “restaurante”. Empiezo a entender la mezcla de aromas florales.

Aunque me sobrevieno una duda, cruel y dañina (para la franquicia, claro). Hubo ocasiones en las que no sabía si se me estaban mezclando dos olores o que, debido a que la bajante debía de ser la misma, los “restos” que descansaban en el embozamiento correspondían a los de los clientes del local, y desprendían la misma brisa que el menú que me sirven a mí cuando voy, recién hecho y calentito.

Que los productos del Burger King pueda oler igual que los subproductos del Burger King… es algo que me inquieta. Amén.

tirarle-a-la-cara-una-hamburguesa

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