Ficción, filosofía

Ponderación narrativa

La ficción se construye con realidades que no existen. El demiúrguico escritor rescata vivencias, reflexiones, tropos culturales, etcétera, y los ordena en un todo con entidad argumental propia —en román paladino: principio, nudo y desenlace.

Este proceso está sujeto al balance de sus contenidos, y me atrevo a aventurar que son tres los aspectos básicos que decantan un texto hacia un sentir u otro, en función de su protagonismo:

  • Descripción. Es la creación de imágenes mentales mediante palabras. Es la forma en la que el mundo ficcionado cobra relevancia frente a quien lo lee.
  • Acción. Es el cambio en la narración; cuando el texto altera las condiciones inmediatamente anteriores. Si sucede desde la historia, es acción diegética. Si sucede al margen de la historia, es extradiegética. Es la forma en la que el mundo adquiere vida, sentido, tao.
  • Ideas. Son los contenidos cuya entidad narrativa es independiente de una narración en concreto. Las ideas pueden reflejar la condición humana —temas, como la pérdida, el trabajo o el incesto; o arquetipos, como el pícaro o el animal político—, posiciones del intelecto —filosofía, como el dilema del prisionero o el uncanny valley—, o resoluciones —como que combatir la violencia con más violencia nos rebaja a la altura de aquello que decimos combatir.

Si Homero levantase la cabeza, se daría con Ítaca. Me atrevo a decir que la estructura que se consolida en este período hasta la maestría de manos de Hollywood —planteamiento, nudo, desenlace; con matizaciones y recursos narrativos varios— ejemplifica lo que quiero decir.

La historia arquetípica plantea la idea de que unas personas, adoptando un axioma que desconocían, son capaces de sobreponerse a un problema. Lo que son las cosas —su descripción— hace que la ficción adquiera una entidad narrativa capaz de vehicular la moralina de manera creíble. La acción da sentido a la lógica de las ideas, pero lo esconde a través de las acciones de los personajes.

Así las cosas, no hay bien mal. De la combinación de estos ingredientes depende que se agrade a unos u otros lectores. Tolkien es un constructor de descripciones, que devienen en world building; le basta narrar un espacio para que el lector capte el sentido de sus actores. Philip K. Dick, al contrario, se vale de sus ideas recurrentes sobre la realidad, y utiliza la acción de manera insistente; las descripciones le sirven para justificar el pensamiento y las decisiones de sus personajes, sino caen en extravagancias de las que huye pronto. Si hiciésemos énfasis en acción y descripción, descafeinados de ideas, nos saldrían los best sellers, con su necesitada recurrencia a lo que ya existía y su vocación de entretener con cientos de páginas de personajes que dan vueltas para encontrar lo que sus lectores podrían haber descubierto en Wikipedia —sin desmerecer su valor mocional, el valor que son capaces de crear al desentramar el laberinto de intereses que plantean—. Y Terry Pratchett, que en paz descanse, hace de las ideas descripciones jocosas, de las acciones actos jocosos, y de las ideas parodias jocosas. ¡Cuánto se te echa de menos, Maestro!

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