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No te fíes de un político

Un político es una persona cuyo mayor talento es convencer al resto de que le necesitan.  Y ante su fracaso —pues nótese que no es tan bueno en lo social, ni en lo económico, ni en lo técnico, ni en cualquier otro campo— su habilidad se extiende, dejando patente que, de ser sus promesas incumplidas, así lo son debido a la acción malévola de los enemigos que le asechan.

Propongo el descrédito de todos los objetivos que nacen del partidismo político; esto es: de las metas impuestas por un diplomático público a sueldo del erario colectivo otorgado por los de su misma clase —¡irónica legitimidad!—. Lo que una ciudadanía necesitada de soluciones toma por promesas son en realidad bulas para perpetuarse en el cargo. Si no funciona el uso de la razón basta con el de las emociones —sobre todas, el miedo— para arengar a una masa, defendiendo la idea de que él es la solución y todos los demás son el problema.

No hay que olvidar que, antes de declararse abogado de los necesitados o de los que no saben que le necesitan, un político es un animal que hace apología de sí mismo, que pugna por sobrevivir en su ecosistema. Y cabe recordar que, mientras los libertinos cobran por el fruto de sus réditos, el político lo hace fruto de su reconocimiento. Por esto se ve en la necesidad de que su estrategia fundamente tácticas cuyo fin es parásito antes que pragmático. Ante esta actitud, si bien podría evaluarse la eficiencia del prestidigitador de masas con la intención de desbancarlo, este ya habrá diseñado trucos egoístas para anticiparse al juicio público.

Tampoco obviemos las veces que un político diseña sobornos retroactivos, pagando a empleados públicos con el dinero que estos mismos cotizaron, amparado en contratos temporales que vencerán de no ser reelegido. Las mordidas, puñaladas por la espalda y los artificios de ingeniería jurídica, como tantas otras artes que practican, son enmascarados con promesas u opiniones compradas. Así las cosas, tampoco es de fiar el entorno de estas criaturas, pues parte de su magia deviene de la estructura en la que se posicionan.

Para acabar, empiezo citando a Kant: «obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio.» Cerrar con la idea de un tablero donde las Piezas Mayores utilizan a los peones de carnaza me parece poético, tan contrario a la ética del mentado filósofo como propio de las mentes psicópatas.

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