Reflexión

Falsos recuerdos

Hay gente que muere por hacerse un selfie. Uno se pregunta en qué pensarían esas personas mientras se despeñaban, eran atropelladas, o cosidas a balazos en medio de ninguna parte. Quizás se preguntasen si la instantánea había merecido la pena.

El otro día pasó un ciclista, gritándonos de éxtasis mientras surcaba el viento carretera abajo. Lo hacía, intuyo, no tanto por la emoción sentida como por el recuerdo que estaba fabricando, con esa cámara enganchada sobre el casco.

Idéntico me parece que esbocemos sonrisas en las fotos. Me vienen a la mente los tempranos retratos decimonónicos, repletos de expresiones tranquilas y serias. El sentido que tenga escapar a la naturaleza propia se lo achaco a una tara de corte posmoderno, la intención de utilizar los medios para contruir la imagen de lo que quisimos ser.

La cámara del turista ejemplifica otra intención similar, el “yo estuve allí”. Asidos al aparato, los viajantes pierden la noción de presencia y se enfocan en la productividad. Parece que piensen que, de vuelta, podrán exhibir todos esos momentos robados como si fuesen cabezas disecadas de venados. Aunque ya lo dice el derecho: que no se pueden demandar derechos de autoría por todas esas fotografías genéricas de monumentos.

La intención de todo esto me resulta egótica, comparativa, un ejercicio de edificación del Yo al margen del Mí. Una foto es sólo una imagen; desprovista de la experiencia original, o de su resonancia con las emociones de quien la contempla, se queda en un artificio deficitario —impulsado por un ego incapaz de cuestionarse nada o de valer para algo más que sí mismo—. Así que, pienso yo, las fotos que merecen la pena son aquellas que no necesitamos. De esos momentos que tocan nos basta una copia, incluso desenfocada, mal compuesta o muy movida, para devolvernos a lo vivido sin necesidad de reafirmar memorias artificiales.

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