Normal is just a setting on the washing machine
Púlpito

La gente normal

Purga, genocidio, masacre; la muerte en masa tiene muchos nombres. Y el pasado nos enseña a sentir culpa, cuando expone la naturaleza autodestructiva que nos compone. Homo homini lupus, que decía el proverbio latino.

Y en todas las comandas, hay un ejecutor responsable: un dedo que aprieta el gatillo, un puño empujando un émbolo, o la mano tras el guante que enciende la silla eléctrica.

Zeitgeist, zeitgeist, zeitgeist; todas las sociedades viven en un momento, definido por su propia realidad. Si introducimos el termómetro social y nos preguntamos cómo piensan, sienten y viven, estaremos ahondando en este concepto. Y así las hay que han vivido desarrollándose o consumiéndose, para engendrar nuevos órdenes societarios.

En todo momento hemos señalado monstruos y elegidos, y el problema deviene cuando juzgamos desde el momento los monstruos que señalaron otros. Esto es, construir una hipocresía entre presente y pasado, donde las soluciones pretéritas que ahora son inmorales no se contrastan con las soluciones presentes que en otro tiempo serán inmorales.

En este punto, voy a emprezar a hablar de Hitler y sus semejantes; porque es muy fácil señalar a Stalin, Mao, Castro, Chávez, Iglesias, Rajoy o cualquier otro politicastro, para ventilarse de un plumazo una verdad demasiado evidente. Para que haya un concierto debe haber una orquesta. Todos los Demonios Históricos que nos aterran pueden ser vistos como una pesadilla, no por lo que hicieron, sino por lo que hicimos por ellos. Como por un ejercicio de anti-razón, obviamos la connivencia necesaria para que países enteros emprendiesen cribas contra algunos de sus conciudadanos. Así, Alemania machaca a sus estudiantes con culpa frente al nazismo, cuando a su vez utiliza a Hitler de chivo para expiar sus pecados como cultura. Igual de fácil resulta señalar a un presidente estadounidense, cuando envía las tropas y resulta reelegido, para regocijo de algunos compatriotas, psicópatas o las dos cosas, que disfrutan motivando guerras en la sombra.

No existen los locos altos, todos son bajitos. Si llegan alto es porque los aupamos. Todos los dementes que han proyectado su inquina en la laboriosa tarea de destruir vidas ajenas lo han hecho por carencias afectivas o intelectuales. Nadie obra mal a sabiendas, que diría Aristóteles; salvo el psicópata, que añadiría yo. Y lo han hecho con el apoyo de la gente que toma café por las mañanas en el metro, el conductor del autobús, el operador de la línea telefónica o la señora de la limpieza. Son la doctora, el electricista, la persona que llora pidiendo limosna y el político de tercera fila, los que cuando llega San Martín se hacen una careta con aquél que llaman cerdo. En todos los momentos de la historia, las sociedades enfrentan problemas culturales que derivan en que una gran masa de gente asuma como justa una acción que en otro tiempo abría sido tildada de injusticia.

A mí me aterra la gente normal; la que sigue las normas o los dogmas porque son las normas o los dogmas; la que no se pregunta por qué dos más dos dejó de ser cuatro; la instrahistoria hecha personas que piensan trascender sin juzgarse a sí mismas antes de que las juzgue un Dios. Todas esas promesas de virtud justificándose en los juzgados internacionales todavía pueden enseñarnos que es patético —del griego, propio del que se arrastra; en el budismo, propio de quien se apega a vanidades— vivir sin someterse al juicio propio.

Asumo pues que el contexto define la moral de su lugar y momento, y por ende influye en su zeitgeist. Ya se dijo que “los pueblos que olvidan su historia se ven condenados a repetirla”; y añadiría yo aquí, que para no verse condenados basta con una revisión constante, consciente, de sí mismos. El egoísmo, por el momento, parece que gana la partida.

 

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