Cuaderno de ideas, Púlpito

Siete buenas razones para apreciar The Conjuring

The Conjuring (James Wan, 2013) es una película de terror inspirada en un par de casos reales reportados por el matrimonio de demonólogos Ed y Lorraine Warren. Ésta es una mini lista de razones por las —que considero— que  la calidad existe en la película. Por ende, razones para no tirar el film a ese muladar de vídeos con sustos fáciles que embrutecen The Pirate Bay. Al margen de todos sus defectos, hete aquí algunas de sus virtudes:

[Antes de seguir, visiona la película, anda]

El arranque

Las dos parejas de personajes no se conocen hasta pasados 45 min. de película. La película se centra en los humanos y en sus dramas, no en exhibir y forzar un terror. En ese tiempo también se añade la historia de la muñeca, que dará trasfondo y aportará algo de confusión a la película —si la cosa va de misterio, mejor que nos hagan mirar a muchas partes antes de intentar sorprendernos. Desde el principio se deja entender que la situación es más importante que la acción, que no empezará hasta bien entrados en la experiencia.

La cortinilla con el contexto

Las letras de máquina de escribir introducen una práctica típica del cine silente y clásico. Sobreimprimir texto tipográfico sobre un texto cinematográfico tiene mayor impacto del que se podría aventurar en primera instancia; con unos pocos párrafos se ahorran horas de metraje. Resulta sorprendente  cuántos márgenes pueden delinear unas pocas letras. Además, es beneficioso darle a la imaginación un poco —aunque sólo sean un poco— antes de verlo todo en imágenes.

Y, por supuesto, el título de la película con una tipografía atractiva, bien montado, pasando sin intentar ser pedante o saltarnos en la cara. Es, tan sólo, una cortinilla, como el buen diseño —que brilla por su ausencia.

El montaje de los aparatos

La música y el montaje que suena cuando los parapsicólogos llegan nos desplazan sin sacarnos. Por un momento todo se vuelve dinámico, con un aire retro y activo que sienta genial para aliviar la tensión. Después empezará el camino al climax, y quieren tenernos preparados. Cuando la película ha dado el miedo suficiente sus creadores se toman la licencia de premiarnos por partida doble: con todo lo contrario y con un poco más de lo mismo.

La parte artística

La fotografía está bien. La post producción está bien. El vestuario está bien.

La localización está bien. El maquillaje está bien. El sonido es interesante —salvo honrosas excepciones—. El reparto actoral me parece perfecto. El montaje es talentoso. Hay tantos pequeños trabajos que se han hecho bien en esta película que da gusto verla. Cuando las cosas se hacen con amor, se nota.

Final explosivo

No bastaba con una familia que aterrorizada por eventos brutales abandona una casa tras un fin de semana con poltergeist incluido. Tampoco bastaba con un puto exorcismo con mazmorras incluidas como si fuese un cortometraje dentro de la película. No, además el mal se tenía que materializar en la casa de los demonólogos por acción de una muñeca diabólica. Y el plano final. Y las fotos.

La película empieza con un terror clásico y acaba con acción total. Tiene una buena relación de contenidos, que digamos. Es un buen ejemplo de cómo funcionan las historias donde se ha primado la introducción y el desenlace y se ha apretado el desarrollo, la parte central. ¿Cuántas películas recuerdas que tuviesen los extremos más anchos que el cuerpo de la historia? Casi prefiero esta configuración frente a las archiexplotadas fórmulas del Maestro Syd Field.

Los Warren son reales

La película te da unos datos, y la red te da otros datos, y la experiencia de ver una película se convierte en una experiencia transmediática a través de páginas web. La historia no se completa sin salir de la película. Me ha hecho sentirme un explorador, una especie de Miguel Blanco con la voz de Íker Jiménez, o viceversa. Si no le has echado ya un vistazo a la historia real te invito a hacerlo desde DuckDuckGo —sapere aude, ¡carallo!

La estructura del miedo

El guion no abusa de las sorpresa sino del suspense. Parafraseando a Begoña Siles Ojeda en sus clases de narrativa:

“Si vemos a dos hombres tomando el café y el maletín de uno de ellos explota, se llama sorpresa. Si vemos a alguien poniendo una bomba en el maletín y seguido a los mismos individuos tomando el café, se llama suspense.”

El guion crea pequeñas tensiones e indicios de peligro, y detona sin avisar. ¿Qué tiene de original la niña del exorcista chillando sobre el armario? —me autocontesto: que llevas mucho tiempo sufriendo infartitos, pequeños momentos que no han llegado a aterrorizarte pero que han estado cargando tus nervios de gozo —terror más placer—. Esta película gana, precisamente, porque crea tensión antes de detonar un reducido número de buenas sorpresas, no como el producto del que se componen los muladares que mencionaba al principio —Bones (Devuélveme Mi Dinero, 2001).

Me llamo Guillem y me gusta el hypertexto.

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