conspiranoia, estudios

Queremos nuestro Mayo Francés

Una gran parte de la comunidad universitaria se revuelve al escuchar eso del Plan Bolonia (al que más correctamente llamaré Declaración de Bolonia), y se les llenan las vísceras de demagogia anticapitalista y contracultural: que si “privatización” de la enseñanza, que si “alienación” de los estudiantes, que si “mercantilización” de las ideas… Pero, ¿cuántas personas han leído algo de información oficial, apartada del parafrasismo sindical y la emocionalidad de cuatro tecnocretinismos?

¡Ey! Soy el primero que recomienda Zeitgeist, el primero que te deja 13’99€ para que lo leas, los que me conocen bien saben que no me fío de la UE, que soy un conspiranico, y me declaro ferviente devoto de la película Fight Club, pero una cosa es ser revolucionario crítico y otra muy distinta ser borregolucionario (es un chiste retórico). Cito de esta última película:

No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos, muy, muy cabreados.

Efectivamente, nuestros tiempos son aburridos: lo tenemos todo. Somos una generación de niños mimados de nevera llena, que tienen televisión por cable, teléfono móvil, varios ordenadores, Internet, que salen cuando y cuanto quieren, que se saltan a la torera las clases cuando merecerían estar poniendo palés, que malresponden a sus padres ¡y tienen incluso enseñanza pública!, aunque nada de eso nos ha dado el éxito. El problema no es Boloña; el problema es que nunca hemos tenido que pelear por nada (y de ello se desprende que nadie haya venido a darnos un par de palmaditas en la espalda).

Hasta hace nada una mujer necesitaba autorización de su marido para abrir una cuenta bancaria. Hasta hace nada no se reconocían los derechos afectivos entre el público homosexual. Hasta hace nada eran dos las Españas. Pero a nosotros no nos ha tocado comer la mitad por nuestros hermanos o trabajar en el campo a los catorce años. Y estamos muy cabreados.

Estamos cabreados porque no entendemos qué sentido tiene este credo en uno mismo, este culto al consumo, este teatrillo donde cualquiera hace lo que quiere y donde hasta gastarse el dinero en un kebab es un derecho. Si todo el mundo tiene tanto poder, nadie destaca realmente. ¿Qué sentido tiene una condecoración meritoria de toda la población sin que ésta haya hecho ningún mérito? ¿Qué sentido tiene tener de todo menos una razón que lo justifique?

No querermos algo distinto a Boloña; queremos nuestro Mayo Francés, nuestra revolución de ideales, y lo queremos con cuarenta años de retraso. Efectivamente, creemos tener el derecho a pedirlo con cuarenta años de retraso.

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