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Notas políticas

España, y lo que nos queda

La jornada electoral del 26 de junio de 2016 la cierra la desazón, sentimiento compartido por quienes creíamos que algo ya estaba cambiando. Y es que España, como país superviviente de los vicios europeos, sigue al pie del cañón en su inquina por sobrevivir hecha escombros. No nos equivoquemos, que estos resultados no son capricho del verano; llevamos siglos pensando igual, y transmitiendo por vía sexual ese germen tan español de ser bravos y bobos como nuestros progenitores.

Casi diría que esta jornada de entreguerra electoral se ha mantenido con ejércitos de palmeros, de cualquier bando, aupando a líderes caducos que podrían haber sido sustituidos por muñecos de trapo sin que nadie lo notase. Lo salvaba, otra vez como de costumbre, la batalla en el campo de exclusivas periodísticas, y la esperanza de que tantas balas hiciesen mella en la opinión de aquellos que han votado corrupción, movidos por el miedo infantil a que acabemos como Venezuela.

Pero España es tan conservadora y predecible que aún me siento imbécil por pensar que esta vez iba a ser diferente. Y digo conservadora en alusión principal a partidos como Izquierda Unida, cuyo nombre y actitud del militante conforman un oxímoron que sólo se mantiene porque todavía bebe de las letanías filomarxistas de principios del siglo XX. Y lo mismo para Pablo Iglesias, que ha dado por sentado que una camarilla leninista funcionaría hoy, pero se ha olvidado de cómo castiga esta patria la arrogancia, por muy inteligente y mucha carrera profesional que uno tenga, porque los votantes también conservan este aspecto. Quizás Albert Rivera se dé cuenta, en uno de sus viajes a ninguna parte, de que España ni es ni será de corte anglosajón y que aquí nadie quiere tener un trabajo más que dar un pelotazo.

Aunque los golpes duros nos han venido, como los recibían en los prolegómenos del actual régimen esos «rojos» y «maricas» de corte «judeomasónico», por la derecha. Esa derecha que ha innovado en sus formas manteniendo un fondo más fresco que el panfletismo izquierdista; esa derecha que antes era de tecnócratas, Opus Dei y Falange, y hoy es de liberales, democristianos y patriotas.

Siento que no tengo las competencias emocionales para enfrentar lo que ha pasado. Los resultados no reflejan las encuestas, pero el carácter español avala los resultados. Tan improbable parece que haya habido un fraude electoral masivo, como probable que el ministro Fernández Díaz y una camarilla de monjas hayan hecho algunas trampitas. Berlanga debería haber orquestado esta película, en la que hasta unos perdedores —de Ciudadanos o Podemos— se ríen de otros perdedores por pedir auditorías; donde unos de mal perder se cabrean con los de mal ganar, pero por tarugos más que por tramposos; donde los militantes del PSOE acusan de su fracaso a la campaña de otro partido de izquierdas.

El escenario más plausible es que no haya habido tongo, y eso es aún peor, pues abre las mentes a cuestionarse el valor de un voto en comparación con otro. Las causas penales del Partido Popular y casos como los EREs en Susana Díaz —que seguramente piensa que ella es Andalucía— contrastan con el apoyo público masivo a que estas dos entidades de carácter sátrapa obtengan la regencia de todo un país. Y en esta encrucijada, se siembra la duda de si hay que ser socrático por ideales, demócrata hasta las trancas y beberse la cicuta, o ser prepotente y considerar que los que votan a un partido de corte mafioso formado por élites extractivas sufren alguna disfunción de carácter intelectivo. En resumen, que cuesta saber si hay que estar del lado de la humilde ingenuidad o la insultante prepotencia.

Entre conspiraciones que no son, trampas de hecho, una fe ciega en el sistema electoral y el desprecio egótico que sigue inflamando las dos Españas ignorantes a su manera, a un servidor le queda considerar qué sería de su vida si configurase sus rentas para bajar al Moro, vivir a cuerpo de rey siendo republicano, y pasarse la vida al sol escribiendo poesía. Porque España no tiene arreglo, porque no está rota; funciona así, y seguiremos siendo así.

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